AUTHOR & FOUNDER

Aniri Unzué

Soy una mamá que convierte los pequeños momentos, desafíos y alegrías de la infancia en cuentos para familias como la mía. Me encantaría compartirlos contigo.

Un poquito sobre mí

Creo que mis cuentos comenzaron mucho antes de que yo supiera que algún día sería escritora.

Crecí en Cuba, donde muchas veces me ponía a conversar con las personas que pasaban frente a mi casa camino a la fábrica de azúcar. Un día le dije hola a un hombre que tenía un aspecto un poco rudo. Se detuvo a hablar conmigo y descubrí algo que hasta entonces no conocía realmente: le encantaba la poesía.

Él me introdujo al mundo de la escritura, la poesía y el lenguaje figurado. Juntos creamos mi primer pequeño poema:

“El aire peina las palmas,
y brilla al compás del sol,
el aire juega con el girasol.”

No recuerdo qué seguía después, pero sí recuerdo lo que sentí.

Me uní a grupos literarios, continué escribiendo y, por un tiempo, incluso iba a ser publicada como la escritora más joven de mi provincia. Pero entonces empecé a escuchar que la poesía no era “cool”, que los escritores no ganaban dinero y que necesitaba pensar en algo más práctico.

Mi familia estaba pasando por una situación económica difícil. Yo no tenía una casa propia y, en un momento, compartía una casa con otras cuatro familias. Quería una vida diferente. Quería estabilidad. Así que enterré mi sueño de escribir y, poco a poco, olvidé que esa parte de mí existía.

Fui a la universidad, me convertí en ingeniera de software y finalmente emigré a Estados Unidos. Construí una carrera, me casé, compré una casa y pude ayudar a mi mamá en Cuba. Desde afuera, mi vida parecía estar bien.

Pero algo me faltaba.

Entonces nació mi hijo, Diego.

De alguna manera, convertirme en mamá me reconectó con una parte de mí que había olvidado. Empecé a inventar rimas y cuentos para él, a cantarle y hasta a crear pequeños poemas en forma de historias durante nuestros viajes en avión.

Mi mamá seguía diciéndome: “A ti te gusta escribir”.

Yo no quería escucharlo.

Pero los cuentos seguían apareciendo.

Uno de ellos nació de algo muy cotidiano: Diego estaba aprendiendo a montar patineta e insistía en usar chancletas en vez de zapatillas. Se cayó y, después de mi muy poco útil “te lo dije”, empecé a pensar en cómo aprenden los niños de lo que les sucede y en cómo, a veces, un cuento puede enseñar más que otro sermón.

Así nació Matilda.

Y luego enterré ese cuento también.

Seguí buscando aquello que sentía que me faltaba, mientras continuaba escribiendo y cantando para mi pequeño.

Entonces, durante un taller de vida, un psicólogo dijo algo que cambió mi manera de pensar sobre el propósito. No necesariamente tenemos un único propósito en la vida. No tenemos que tener todo resuelto de una vez. Podemos explorar, aprender, cambiar y descubrir quiénes somos a lo largo del camino. A veces, una meta es simplemente la motivación que necesitamos para dar el salto. Lo que descubrimos durante el viaje puede ser mucho más valioso.

Algo hizo clic.

Tal vez no necesitaba saber exactamente hacia dónde iba.

Tal vez solo necesitaba saltar.

Y así lo hice.

Cuando di ese paso hacia lo desconocido —con miedo, ansiedad y sin ninguna garantía de saber adónde me llevaría— descubrí algo que ya no podía seguir ignorando:

Lo que realmente me emociona es despertarme y empezar a trabajar en estos cuentos.

Me encanta convertir las pequeñas lecciones de la vida en cuentos con rima. Me encanta encontrar maneras de hablar sobre las emociones, los errores, el miedo, la amistad, la frustración y todos esos pequeños desafíos que enfrentan los niños, sin convertirlos en sermones. Y me encanta cuando una mamá me cuenta que su hijo quiso escuchar uno de mis cuentos otra vez.

Todavía estoy al principio.

Todavía tengo miedo. Todavía no sé exactamente adónde me llevará este camino.

Pero sé que me estoy convirtiendo en una versión de mí misma que se siente más auténtica.

De ahí también nació La Hoja Valiente.

Esa pequeña hoja soy yo: esa parte de mí que tenía miedo y ansiedad, pero decidió saltar de todas formas. Pero también es cada niño que comienza una escuela nueva, se para frente a otros para dar un discurso, intenta algo por primera vez o se enfrenta a algo que parece más grande que él.

Y también es cada mamá que se muda a una ciudad nueva, comienza un trabajo diferente o se encuentra al inicio de una etapa que nunca imaginó.

Tal vez todos necesitamos el mismo recordatorio de vez en cuando:

No tenemos que dejar de tener miedo para atrevernos a saltar.

Podemos tener miedo y, aun así, seguir adelante.

Espero que estos cuentos le den a tu familia un pequeño espacio para conversar, reír, jugar, imaginar y crecer juntos.

Y me alegra muchísimo que estés aquí.